
Esto es Cholula
En Puebla, donde el sombrero dejó de ser parte del día a día, aún hay manos que se resisten a dejar morir este oficio. Entre vapor caliente, moldes de madera y ahora también tecnología láser, el artesano Eduardo Trejo mantiene viva una tradición que, más allá de la moda, forma parte de la identidad mexicana.
Desde su taller, y bajo la marca “Sin Sombrero”, Eduardo no solo fabrica piezas: cuenta historias. Cada sombrero inicia como materia prima —lana, pelo de conejo o incluso castor— y, poco a poco, toma forma gracias a técnicas heredadas por generaciones. El proceso es completamente artesanal, paciente, casi ritual. “Todo se moldea con vapor y a mano, con hormas hechas a medida”, explica.
Pero su propuesta no se queda en lo tradicional. Eduardo ha encontrado una forma de conectar con nuevas generaciones: la personalización. Con una máquina de grabado láser, añade nombres, fechas o incluso logotipos en el tafilete, la parte interna del sombrero. En cuestión de segundos, una pieza puede convertirse en un objeto único, cargado de significado. “Es un detalle que hace que cada sombrero tenga historia propia”, dice mientras muestra cómo graba un nombre sobre el material.
Su trabajo, que ya suma más de una década, ha logrado abrirse camino principalmente a través de redes sociales. Ahí ha encontrado clientes dentro y fuera del estado, incluyendo artistas y figuras del espectáculo. Sin embargo, su mayor reto no es la venta, sino cambiar la percepción.
En Puebla, el sombrero ya no es un accesorio común. Para muchos, quedó ligado al campo o a generaciones pasadas. Pero Eduardo lo ve distinto: como una pieza funcional, estética y profundamente mexicana. “Protege del sol, pero también representa quiénes somos. No deberíamos dejarlo perder”, afirma.
Los precios varían según el material y el nivel de personalización. Un sombrero de lana puede costar alrededor de 2,600 pesos, mientras que uno de pelo de conejo alcanza hasta los 5,000. Más que un gasto, Eduardo lo plantea como una inversión en algo duradero y hecho a mano.
Además, ha llevado su oficio a otro nivel con las llamadas “barras de sombreros”, experiencias en eventos donde los invitados diseñan su propia pieza. Bodas, XV años y celebraciones se convierten así en espacios donde la tradición se revive de forma cercana y memorable.
Para Eduardo, el objetivo va más allá de vender. Se trata de rescatar un gremio que poco a poco se desvanece. “Cada vez somos menos. Si no lo seguimos haciendo, se pierde”, advierte.
En una ciudad donde el sombrero ya no es cotidiano, su trabajo abre la puerta a redescubrirlo. No como una reliquia del pasado, sino como un símbolo vigente, adaptable y, sobre todo, profundamente nuestro.

